El entrenamiento adolescente requiere de acción y pasión, pero también de una fuerte dosis de paciencia. La rapidez, lo inmediato…, no son sinónimos de eficiencia.
En los últimos años, la paciencia deportiva ha sido un tema recurrente en mi vida. He repetido a diestro y siniestro, la importancia de la espera. Se necesitan, al menos siete años, para que un joven deportista dé el salto a la élite, nacional e internacional.
Serán los años, la experiencia… no lo sé. Intento controlar esas ganas de inmediatez. La rapidez de estos tiempos, me hace dudar, en ocasiones me empujan a la ansiedad y a querer las cosas antes de tiempo.
Pero las prisas provocan impaciencias, lo que permite marcar rumbos de inseguridad que ayudan a que el proyecto deportivo vaya a la deriva.
La rapidez, lo inmediato…, no son sinónimos de eficiencia. La paciencia sí que es una virtud que, lejos de ser una actitud pasiva, es activa, refleja un gran control interior. Se basa, fundamentalmente, en la creencia de que nuestros objetivos terminarán cumpliéndose si actuamos de manera firme y no abandonamos nuestro propósito.
A lo mejor, ya es hora de que al deporte base, ese deporte adolescente, tenga que cambiar de estrategias, repensar algunas actuaciones…, pero siempre con el convencimiento de que hay unas líneas maestras que sirven para lograr nuestros objetivos.
Por todo ello, animo a entrenadores, padres y deportistas a pensar en ciclos largos; en proyectar más allá del umbral de la actual temporada o competición. El entrenamiento adolescente requiere de acción y pasión, pero también de una fuerte dosis de paciencia.
Como entrenador de deportistas en formación, intento ser consciente de todas las ventajas que me ofrece la valiosa paciencia y espera. Porque como dejó escrito Cervantes en boca de Don Quijote, “hay que confiar en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.
Muchas gracias. ¡Salud, suerte y hasta la próxima!
