La ira es un lastre, hay que aprender a gestionarla. Tu salud te lo agradecerá, tu entorno y familia, también.
Son pocas las personas que desean relacionarse con aquellas que descargan una rabia constante desbocada. Y es qué, la ira confunde, trastorna y aleja de las soluciones. Agresiva como un volcán en erupción. Quema como la lava. Consume y arrasa todo lo que está a su alcance. Arruina relaciones y demuele todo tipo de razonamiento. En su máximo apogeo se convierte en terror y agresividad.
Descendiente de la frustración y la desconfianza, irrumpe cuando la realidad no se adapta a nuestras expectativas, a lo que entendemos que “debería de ser lo justo”.
Curiosamente la ira demuele más a quien la expone que a quien se dirige. Cada vez que nos irritamos nuestro cuerpo se trastorna, sulfura y reacciona a la defensiva. Esa furia e irritación, nos va consumiendo y los ataques que empleamos para defendernos se vuelven en nuestra contra, afectando a nuestro estado físico y mental.
Y es que los ataques de ira destruyen categóricamente las relaciones con parejas, hijos, amigos, compañeros de trabajo… creando dificultades emocionales y sociales.
La vida es demasiado corta como para estar siempre disgustado. Nuestra tarea en el mundo no es cultivar la ira, muy al contrario, es cultivar el amor. Y para lograrlo tenemos que ser más pacientes y comprensivos.
Y es que la ira es un lastre, hay que aprender a gestionarla. Tu salud te lo agradecerá, tu entorno y familia, también.
Muchas gracias. ¡Salud, suerte y hasta la próxima!
