Es muy agradable saber un poquito de cada cosa, pero batallar todo el rato por tener siempre la razón, nubla la mente.
Uno de los grandes males de la humanidad es aferrarse a tener siempre la razón. ¡Mi verdad es la única verdad y la tuya no vale! Es muy agradable saber un poquito de cada cosa, pero batallar todo el rato por tener siempre la razón, nubla la mente.
Tener la razón es una experiencia que trae satisfacción, pero ese deseo de tenerla a cualquier coste es un enorme impedimento para estar dispuesto a admitir el error y ofrecer perdón.
Perder el privilegio de estar siempre en lo cierto vale la pena. Y lo es porque ayuda a tener un día menos estresante, tener amistades más saludables y vivir el júbilo de no tener que juzgar a los demás.
No siempre tenemos razón. La madurez consiste, básicamente, en saber ganar, pero sobre todo en saber perder, puesto que de algunas victorias gozamos en la vida, pero muchas más serán las derrotas, por pequeñas o grandes que estas sean.
En realidad, la vida, por muy gloriosa que sea, es la crónica de una larga derrota. En el ajedrez, acabada la partida, tanto el Rey como el peón, van siempre a la misma caja. Difícil creer lo contrario.
Hoy dominamos algo de lo que podemos estar completamente seguros. Pero hoy es posible no saber lo que podemos descubrir mañana. Defender nuestra razón, como única interpretación de la verdad, es caer en la intolerancia.
Siempre vamos a equivocarnos, tú y yo. La cuestión es: ¿Queremos tener siempre la razón o ser más felices? Aún, tú y yo, podemos escoger.
Muchas gracias. ¡Salud, suerte y hasta la próxima!
